Regreso

Regresé a la tierra prometida
que me aguardaba, que contenía
el relicario de nuestra infancia.

Entre las rocas, por las laderas
de las colinas del encinar,
dormitaba intacto el camino
que antes nos veía pasar.

Los arbustos me arañan la piel,
abren heridas a mi paso,
el aire respira tomillo y miel.

Allí seguía nuestro viejo árbol
de áspera corteza y corcho blando,
surcos negros y verdiblanco moho.

Sus hojas bailotean al viento
como antes hiciéramos tú y yo,
pero luego… se quedan en calma.

Su aliento, o el tuyo – fresco, suave,
leve – de pronto traspasa mi alma.

Y algo muerto dentro de mí, vuelve,
y algo nuevo dentro de mí, clama.

¡Escalemos el tronco,
subamos por entre las ramas huyendo,
que nos persiguen!
¡Pájaros, padres, profes, piratas!

Shh. Ya se han ido.
Y sólo queda tumbarse,
cada una en nuestra rama,
a ver el cielo con sus nubes,
a ver el monte con sus casas,
a ver el campo con sus flores,
a ver cómo
todo pasa.

Somos parte de este lugar.
Por eso quisiera quedarme aquí un rato.

Camino de vuelta, no miro atrás.

Atrás dejo la vida que esparcimos por el monte,
y la tierra que me conoció.
Atrás dejo mi alma en el viento.

Y dejo
a mi verdadero yo.

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